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31.10.2013 Jaime Vélez, arquitecto

Poco después de graduarse Jaime Vélez integró con varios de sus compañeros de estudios, un recordado y reconocido grupo de profesores de taller en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de lo Andes de Bogotá, en la década de 1960. No es que le gustara enseñar pues prefería sentarse en las oficinas de la facultad a ver revistas, de arquitectura, claro.
            
Pero cuando la presencia de sus estudiantes mirándolo al otro lado del vidrio lo hacia salir y sentarse en una mesa, solía desenroscar la tapa de su enorme y negro y envidiado estilógrafo Sheaffer de tinta negra (o que debería haber sido negra), y comenzaba a dibujar al revés, para que sus alumnos vieran el dibujo al derecho, un complejo corte por fachada, por ejemplo.
            
Lo hacia desde la parte mas alta de una edificación aparentemente hipotética, bajando como una gota de agua por toda la fachada y diciendo en cada parte lo que sucedía con el agua,  el polvo y el viento. Todos quedaban asombrados y algunos pocos comenzaban a entender que la arquitectura también es eso: el detalle pertinente, cuya belleza surge de su eficiencia, sencillez y economía y no de una supuesta “creatividad”.
            
Por algo decía Auguste Perret  (1874 - 1954), el famoso arquitecto Frances, que “el que no construye, adorna”, y el caso es que todos los profesores de taller de las pocas escuelas de arquitectura que había y necesitaba el país, lo eran precisamente porque practicaban el oficio. Y como dice el profesor  Francisco Ramírez de la Universidad del Valle, quien trabajo para él, las obras del Chato Vélez eran "ejemplares".
            
Sus bellas perspectivas eran famosas y ayudaban a ganar concursos por la precisión y verdad de lo que mostraban. Como dice Ramírez, no eran apenas una ilustración del proyecto, sino un instrumento proyectual que permitía soluciones espaciales inéditas. Pero no eran por supuesto caprichosas sino innovadoras y apropiadas, y su dibujo un medio y no un propósito en si, como les pasa a tantos arquitectos con sus “buenos” dibujos.
            
Jaime Vélez, fue autor o coautor de importantes edificios en Bogotá, Medellín y Cali trabajando con reconocidas oficinas de arquitectura, como Esguerra, Saenz y Samper, y Lago y Saenz. Varios de ellos ganados en concursos, los que eran práctica común para los grandes edificios del país, tanto públicos como privados, desplazada a mala hora para las ciudades por la escogencia a dedo, pese a ser ilegal tratándose de obras públicas.
            
En Cali  codiseñó con Rogelio Salmona, Pedro Mejía y Raúl H. Ortiz, la antigua sede de la FES, premio Nacional de Arquitectura en la XII Bienal Colombiana de Arquitectura, en 1990, hoy Centro Cultural de Cali. También dejó no pocas muy buenas casas, incluyendo la suya, muy bella, en Menga, al norte de la ciudad y cerca de unas canchas de tenis, pues jugarlo le apasionaba tanto como dibujar la arquitectura.

            
A su discreto funeral en los Jardines del Palmar, en Palmira, como no, ciudad ha donde se había retirado, lo acompañaron varios de los arquitectos que habían trabajado con él en Cali, y uno de sus alumnos de los Andes. Porque un buen profesor es el que enseña algo que después de tantos años se recuerda todos los días, y que se lo trata de descubrir a su vez a otros estudiantes con la esperanza de que alguno lo recuerde también.

Columna publicada en el diario El País de Cali 31.10.2013 

01.05.2011 El legado de Salmona

Para Rogelio Salmona la arquitectura y el espacio urbano siempre fueron del todo inseparables, y coincidía con Aristóteles, que ya en el siglo IV a.C. pensaba que las ciudades son sus ciudadanos. Desde sus primeros edificios busca hacer ciudades para la gente, y en sus grandes proyectos residenciales proponía espacios urbanos y no apenas construcciones aisladas en medio de una anónima zona verde. Eran verdaderos barrios que repetían la milenaria relación entre espacios abiertos y cerrados. En lugar de vías pensadas para los carros tenían calles para la gente, y conformaban manzanas cerradas pero con sus patios interiores a la vista de los peatones. Y en cambio de la reiteración insulsa de los volúmenes propios de la vulgarización del urbanismo moderno, los suyos están jerarquizados como siempre lo fueron desde que las ciudades occidentales se conformaron hace cerca de diez milenios en Mesopotamia.

Fue su preocupación constante pues para él destruir la ciudad es destruir la civilización, como lo fue tambien que el hacer arquitectura en Colombia implica buscar la confluencia entre geografía e historia, procurando “la poética del lugar” pues su idea de ciudad tambien era disponer atarjeas y recuperar cauces de agua, tanto como que los espacios urbanos fueran públicos. Propósitos que logra en sus cinco grandes síntesis a lo largo de medio siglo (G. Téllez, Rogelio Salmona, 1991), en las que estos espacios no rodean sus edificios sino que son abrazados por ellos, y ayudando a la recuperación de nuestros casi desaparecidos centros históricos al repetir sus manzanas de grandes patios, que llama “plazas” pues recuerdan las que hay enfrente de las iglesias coloniales, pero en diagonal y con rampas y terrazas que los integran a su entorno (A. Saldarriaga, El conquistador de espacios, 2002 ).

Como lo dijo en diversas oportunidades, las ciudades colombianas se han construido y destruido varias veces en un tiempo demasiado corto. Antes sus espacios privados, los patios, estaban diferenciados de los públicos, las calles, como lo había vuelto a experimentar en su viaje por el sur de España y norte de África, y de ahí que sus edificios se agreguen a ciudades ya construidas siguiendo una modo de ocupar el territorio, que persiste aunque a veces no responda aparentemente a las necesidades actuales. Y siempre entendió que los edificios con frecuencia deben ceder su protagonismo a construcciones y espacios preexistentes, pues no existen solos y deben continuar las tradiciones de los lugares en los que están, y que su belleza debe estar determinada por su contexto urbano inmediato, inevitablemente en evolución, y por el paisaje natural que los rodea, incluso a veces muy cerca.

En sus proyectos, con la entendible excepción de las casas, es una constante que los primeros pisos sean la continuación de calles, plazas y parques, que es en donde se vuelven ciudadanos los habitantes de las ciudades, y de allí su lucha contra su creciente privatización en las nuestras. En todos insiste en la permanencia de lo urbano pero invariablemente ennoblece con sus edificios las ciudades en donde interviene, poniendo la mejor arquitectura del país al servicio de sus ciudadanos comunes para que habiten con dignidad, poesía y placer. Esto convierte su práctica en una ética de la arquitectura, crucial en nuestra incipiente sociedad urbana y urgente en nuestras maltrechas ciudades. Su obra responde a la geografía e historia del país y es inconfundible en la medida en que conforma ciudad, abriendo un nuevo camino a la arquitectura colombiana (S. Arango, La evolución del pensamiento arquitectónico en Colombia 1934-1984, 1992).

Sus edificios ya forman parte de nuestro panorama urbano e incluso evidencian el bello perfil de montañas de nuestras ciudades andinas (M. Waisman Introducción a Rogelio Salmona de Téllez, 1991). Son un definitivo hecho ciudadano por su rotunda implantación en un contexto preexistente, y sus espacios abiertos y públicos hacen que la ciudad toda pase por ellos (C. Niño Geometría sensible, 2002), generando la renovación de los sectores en donde están emplazados. Sumándose a los lugares mas emblemáticos del país, creó secuencias de espacios públicos entre las instituciones y la ciudad (W. Curtis, en Babelia, El País, Madrid, 01/11/ 2003), formando manzanas que siguen los trazados coloniales, logrando espacios memorables (R. Castro, Salmona, 1998), y descubriendo ciudades, cerros y cielos, mediante estanques y parques que se entrelazan con sus edificios, y se curvan, bajan y suben deparando sorpresas. Arquitectura, paisaje urbano y natural, clima y tradiciones interactúan seductoramente.

Los recintos al aire libre y los cerrados se complementan, sin que primen los volúmenes, y son muy sugestivos los paramentos que propone para continuar los muros con pocas ventanas de las viejas casas de nuestros centros históricos, mediante galerías de grandes y repetidos vanos que permiten que la calle penetre en sus grandes patios, y que sus edificios terminen en las fachadas al otro lado y se extiendan por los viejos barrios. Es el uso ejemplar del pasado en el presente (S. Trujillo, Encuentros y desencuentros, 2004). Los recursos de la gran arquitectura de siempre, presentes en Salmona desde su inicio, son pensados para cada lugar buscando la evolución de su arquitectura para no repetirse ni ser arbitrario, que es para lo que le sirve la historia (H-W. Kruft Historia de la teoría de la arquitectura, 1990). Aunque tenía el convencimiento de que a la esencia de la arquitectura se llega tarde, había encontrando muy joven la posibilidad transformar la vida mediante el oficio más útil y más humano de las artes: la arquitectura.

Como dijo al recibir la Medalla Alvar Aalto, otorgada solo en nueve oportunidades a grandes figuras, las ciudades están en constante transformación, mas en un país pobre pero con una hermosa y diversa geografía la arquitectura tiene que encontrar soluciones para cada una de sus regiones y ser capaz de establecer una simbiosis entre necesidades existenciales, culturales, geográficas e históricas. Pensaba que no tenemos derecho a dilapidar esfuerzos ni ideas en obras fugaces, a destruir paisajes hermosos, ni deteriorar ciudades frágiles que no han tenido el tiempo de consolidarse y menos de singularizarse. Que la presión del mundo industrializado debe ser matizada y transformada para nuestro bien. Que en ese sentido nuestros problemas son tan grandes como nuestras responsabilidades, y de ahí que la ética profesional que propone debe ser absoluta.

Salmona nos ha dejado la obligación de hacer una arquitectura embebida de esperanzas y posibilidades, que se resista a ser instrumento del cinismo, la especulación y la “feúra”. Su legado es que tratemos de que la arquitectura y la ciudad estén al servicio de la comunidad con obras llenas de emoción y diversidad. Por eso debemos partir de que hoy la arquitectura además de un acto cultural y estético, es un acto político, y que toda acción transformadora de la espacialidad en función del bienestar, la participación ciudadana y la apropiación de propuestas para el encuentro y la acción -ya sea esta de protesta o de apoyo a las ideas democráticas- es necesaria e indispensable, y la arquitectura no puede ni debe estar ausente de ese escenario. Es ella, al fin y al cabo, la transformadora del espacio público y la que con más vehemencia debe hacerle resistencia al abuso y al desaforado interés de la especulación urbana.

Artículo publicado en la revista Gaceta del diario El País de Cali. 01.05.2011

02.07.2009 La F- RS

En días pasados se constituyó la Fundación Rogelio Salmona, para la preservación y divulgación, aquí y en el exterior, de la obra y pensamiento de nuestro mas importante arquitecto. Será a través de exposiciones, publicaciones, conferencias, seminarios, cursos y talleres, además de investigaciones, concursos y premios. Debería ser del interés de todos pues ya somos un país de ciudades, y por eso él afirmaba que hacer aquí (buena) arquitectura es un asunto político. Lo público está presente en muchos de sus proyectos, y en los últimos cobra un papel central al prolongar el espacio y la memoria de la ciudad a sus edificios, los que además vincula a nuestra naturaleza de trópico y montañas.

La sede estará en Bogotá, en donde se encuentra la mayoría de su trabajo, y ojalá la Universidad Nacional cediera un espacio en el inacabado Centro Gaitán, actualmente a su cargo y destinado a deposito, para instalar allí su centro de documentación. Al tiempo que a Salmona, podría darnos a conocer mas ampliamente, apoyándose en la colección SomoSur, a arquitectos como Carlos Raúl Villanueva, Jesús Tenreiro o Gorka Dorronsoro,  de Venezuela; Álvaro Malo o Luís y Diego Oleas, de Ecuador; Luís  Barragán y Carlos Mijares, de México, Bruno Stagno, de Costa Rica,  Ricardo Porro, de Cuba, Juvenal Baracco, de Perú, Gustavo Medeiros, de Bolivia, o Severiano Porto y Luiz Paulo Conde, de Brasil.

Pero también a Hassan Fathy, de Egipto, Sir Geoffrey Bawa, de Sri Lanka, Charles Correa y Raj Rewal, de la India, Sedad Eldem, de Turquía, Claudio Connena, de Grecia, y otros de Marruecos, Egipto, Singapore e Indonesia. Todos ellos  fusionan de distintas maneras viejas tradiciones locales con la ibérica del siglo XVI, que comparten con nosotros, tanto como la moderna y posmoderna, pero que no conocemos, esclavos de nuestra dependencia cultural de Estados Unidos y Europa. Como se ha dicho tanto pero entendido tan poco, no podemos saber para donde vamos si no nos enteramos de donde venimos.

Por supuesto la Fundación tendría que agrupar mas a esos no pocos arquitectos y académicos colombianos que de una manera u otra han seguido el camino de Salmona, y desde luego divulgar mas la opinión de Kenneth Framton y Wiliam Curtis al respecto. Igualmente, debería crear un espacio, aprovechando su portal en Internet, para la crítica de nuestra arquitectura actual, tan necesitada de ella. Y vincular a la misma a estudiosos como Eduardo Tejeira Davis de Panamá, Enrique Larrañaga de Venezuela, Hugo Segawa  de Brasil, Felipe Hernández del Reino Unido o José Ramón Moreno de España, entre otros.

Es mucho lo que la Fundación podría ayudar para replantear a fondo nuestras Bienales, Congresos y Concursos de arquitectura, a democratizar nuestro gremio y a mejorar decididamente la enseñanza del oficio en el país. Y a que el debate sobre nuestra arquitectura y ciudades no se quede en la capital y apenas entre algunos arquitectos, si no que sea un tema de interés público y amplio, como ya lo es la literatura o la pintura o incluso el cine. Pero primero que todo deberá ocuparse de que toda la obra de Salmona sea declarada Patrimonio de Colombia, independientemente de que algunos de sus edificios ya sean monumentos nacionales. 

Columna publicada en el diario El País de Cali 02.07.2009 

11.10.2007 Un arduo legado

Rogelio Salmona no solo nos dejó sus muchos edificios, que afortunadamente pasarán ser parte del patrimonio nacional para su correcta conservación y, en últimas, para evitar su innecesaria demolición, como ya pasó hace años en Bogotá con una de sus mejores casas. Nos dejó tambien, ante todo, el compromiso de continuar, entre los arquitectos que lo son, su vehemente logro de que se comenzara a valorar de nuevo en Colombia la arquitectura. Hecho fundamental en este país de muchas ciudades tan nuevas, que crecen, en rápida transformación, con una mala arquitectura y un pésimo urbanismo. Y en donde un mal entendido desarrollo, puramente especulativo, separó a la arquitectura de la cultura ante el desinterés de unos intelectuales apenas interesados en la poesía escrita, y la ceguera de unos ciudadanos que llegaron al extremo de elegir en Cali a un alcalde ciego, y que por todas partes votan por candidatos que miran pero no saben ver ni les interesa. Por eso decía Salmona que hacer aquí (buena) arquitectura es un acto político.

Lamentablemente, de los mas de 35.000 arquitectos que hay en el país, no muchos lo son a carta cabal pero todos tienen licencia para proyectar sin contar con la formación y, sobre todo, con la experiencia necesaria, para no hablar de los ingenieros que hasta los ingenieros agrónomos lo pueden hacer. No en vano en alguna ocasión dijo Salmona que solo se podía aprender arquitectura trabajando con un maestro. Es urgente, pues, la reforma de la practica profesional y de las escuelas de arquitectura. Como lo dijo hace años Germán Téllez, habría que cerrarlas para poder abrirlas de nuevo bien. Lo que implicaría primero que todo reducir drásticamente su numero pues ahora ya son mas de 60, lo que se explica solo por que son un simple negocio. Y se necesitan mas postgrados en arquitectura en las no mas de diez escuelas respetables que hay, y crear en ellas otros programas relacionados con la proyectación arquitectónica, como ya hace mucho tiempo lo hicieron las facultades de ingeniería, con sus distintas especializaciones, en todas las universidades del país.

Finalmente, habría que limitar a los que tengan una practica larga en un despacho de arquitectos o estudios de postgrado en proyectación arquitectónica, el ejercicio individual de este aspecto de la profesión. Paradójicamente en Colombia sobran arquitectos pero faltan mejores proyectistas. Y por supuesto estos deberían estar agremiados como tales pues no solo tendrán que enfrentar a profesionales de todas partes, con la globalización del ejercicio de la profesión, si no que el futuro de nuestras ciudades, en tanto que artefactos, se juega en la mejor escogencia de su arquitectura. Así lo entendió Salmona y de ahí su interés en una ética del oficio. Su mas importante y difícil legado es, pues, la búsqueda de una arquitectura pertinente y sostenible, que sea apropiada culturalmente en la medida en que contribuya seriamente a la identidad del país. Que permita “la posibilidad de crear imaginarios para transformar la vida” como lo dijo en Jväskylä al recibir la medalla Alvar Aalto que los arquitectos finlandeses le otorgaron hace pocos años.

Columna publicada en el diario El País de Cali. 11.10.2007

06.04.2006 Retrospectivas

El sabado se inaugurará al medio día en el MamBo una exposicion de la extensa obra de Rogelio Salmona. Figura sobresaliente en el panorama arquitectónico colombiano contemporáneo y uno de los arquitectos más valorados en América Latina, es reconocido debido a su constante interés por la ciudad, la defensa de su espacio público y de los valores culturales y ambientales del entorno ciudadano, y por la belleza de su arquitectura. La muestra, que dará cuenta de la importancia de su larga trayectoria, fue curada por Juan Ignacio Roca, contó con la participación de un numeroso grupo de historiadores y críticos, y fue posible gracias al empeño de la arquitecta Diana Barco. Nacido en 1929, Salmona inició estudios en la Universidad Nacional pero los que interrumpió para trabajar con Le Corbusier por varios años y viajar por el sur de España y Norte de África. A su regreso al pais formó parte de un grupo de arquitectos colombianos preocupados por superar las limitaciones del funcionalismo y explorar alternativas diferentes para nuestra arquitectura.

Entre sus muchas obras, algunas paradimaticas, las más trasendentes son su primer trabajo de repercusión internacional y su mas importante logro, el conjunto de apartamentos Torres del Parque (1963-1970) en Bogotá; la Casa de Huéspedes Ilustres (1978-1982) en Cartagena, reconocida como el proyecto latinoamericano más destacado de la década de los ochenta y su composición mas bella; el Archivo General de la Nación (1989-1992) en Bogotá, su propuesta mas sencilla, polemica e interesante; y la Biblioteca Virgilio Barco (1999-2001) su ultimo trabajo significativo construido y el mas prometedor, tambien en la capital. Estas cuatro sintesis de su culto y largo quehacer de busquedas y encuentros han sido muy difundidas y premiadas. Aqui hay que mencionar la sede para la Fundación para la Educación Superior (FES), hoy Centro Cultural de Cali, relizada con los arquitectos Pedro Alberto Mejía, Raúl H. Ortiz y Jaime Vélez, y sin duda el mejor edificio construido en la ciudad en las últimas décadas pese a su discutible ladrillo a la vista.

Ojalá la SCA Valle y la Filial del Consejo de Monumentos Nacionales, junto con las escuelas de arquitectura de la ciudad, La Tertulia  y las Secretarias de Cultura del Departamento y Cali puedan traer las exposiciones  “Rogelio Salmona – Retrospectiva”  y  “Arquitectura y lugar”. Las dos han sido organizas la seccional de la SCA de Bogotá y Cundinamarca, con la colaboración del ministerio de Relaciones Exteriores, el de Cultura, la Sociedad Colombiana de Arquitectos, el Banco de la Republica, las Universidades Nacional y de los Andes, Corona  y varias empresas y particulares mas. La primera estará por un mes en Bogotá antes de iniciar su itinerancia dentro y fuera del país, y la segunda, curada por los arquitectos Sergio Trujillo y Carlos Niño, ha recorrido ya varias importantes ciudades del mundo mostrando buena parte de la mejor arquitectura colombiana de los últimos 25 años. Tenerlas en Cali podría ser de gran importancia para la ciudad en la medida en que incidirían en la percepción que de nuestra arquitectura y urbanismo tenemos los caleños.

Columna publicada en el diario El País de Cali 06.04.2006 

17.05.2001 Elogio del patio

A Rogelio Salmona
  
Con la aparición de las ciudades, hace varios milenios en Asia, se cambió la eficacia de cilindros y conos para contener espacios habitables, agrupados en pequeñas aldeas, por paralelepípedos rectangulares que se acomodaban mejor dentro de sus densos recintos amurallados, formando sus manzanas y calles. Entonces se descubrieron esas plazas y patios maravillosos, regalos del cielo, al decir de los viejos chinos, y pequeños mundos que desde aquella remota época permiten ver el infinito y aislarse del infierno, que como se ha dicho y repetido y se sabe son los demás.

Hay patios en casi todas las culturas y épocas. Al Occidente pasaron a través de Egipto y Grecia, se consolidaron con los atrios romanos y tuvieron su esplendor en los claustros medievales. En Andalucía los moros, viniendo del desierto, los llenaron de agua y vegetación. Los Mayas habían ya abierto sus esquinas a más patios. En algunos conventos mexicanos los arcos finales avanzan hasta el muro de la galería y de donde se cruzan cuelgan los extremos de unos arcos, iguales a los intermedios, formando insólitas esquinas sin soporte, antecesoras coloniales de las postmodernas de la Casa de Huéspedes Ilustres en Cartagena. Pedro Machuca, en Granada, sorpresivamente construyó uno circular, forma que, sin la galería, logró nuevas y diferentes emociones en el Archivo General de la Nación en Bogotá.

Nuestra construcción tradicional, como muchas otras, es de claustros y patios; cerrados en ciudades y pueblos, y abiertos en haciendas y casas campesinas, en los que dos y hasta tres de sus lados son muros de tapias o bajos vallados de piedra e incluso simples cercas de guadua. Y lo mejor de la arquitectura actual también, sobre todo algunas casas memorables por sus patios y terrazas, en contra de lo que piensan los que creen que ser actual es cambiar lo tradicional por las imágenes de moda de las revistas. No entienden que casi siempre solo es posible y deseable la recreación de lo existente y que muy rara vez hay o se necesitan verdaderas innovaciones.

Mientras las leyes físicas que regulan la construcción de espacios en el pla­neta y las características biológicas del hombre, que determinan su uso y apreciación, no cambien, solo son viables las plantas central y a naves, tan estudiadas por Noel Cruz, que corresponden a las dos únicas maneras de generar sólidos en la geometría clásica; y por supuesto sus muchas variaciones y combinaciones, entre ellas, la más importante: los patios. Formados por naves independientes (como casi siempre en las haciendas) o por una sola que se acoda varias veces cerrando el perímetro (como en los claustros), en ade­lante sólo ha sido posible una verdadera creatividad como se ve en la innumerable y variada arquitectura de patios que existe.

Le Corbusier, en otra más de sus seductoras propuestas, pensó que con unidades verticales de vivienda era posible no solo aumentar la densidad y liberar áreas verdes sino cambiar los patios de los horizontales barrios tradicionales por balcones de doble altura de apartamentos que así, en lugar del firmamento, podrían mirar sencillamente, como en el campo, el mas mundano paisaje circundante. Idea que desarrolló Alvar Aalto retranqueandolos a lo largo de una curva que recorre la vista, y que aquí se concretó en los apartamentos del Polo y de manera espectacular pero única en las Torres del Parque, proyectos ambos en Bogotá.

Pero los especuladores inmobiliarios y la insensibilidad de sus compradores nos llenaron de sosos edificios que no forman calles ni dejan zonas verdes, y que se espían unos a otros sin cielos ni pequeños mundos ni paisajes; solo culatas e infiernos por todos lados de los que hay que aislarse cerrando balcones, si los hay, y poniendo cortinas para no ser vistos. Muchos en Cali cambiaron sus casas de frescos patios tropicales por mezquinos apartamentos, aduciendo problemas de mantenimiento y seguridad, que no solucionaron, pero perdiendo su intimidad y sin garantías de conservar unas vistas que pagaron caro. Eso si, con aire acondicionado y Tv para admirar las bellas y amables ciudades de manzanas, calles, plazas y patios del mundo.

Columna publicada en el diario El País de Cali. 17.05.2001 

05.05.1999 Sir Norman Foster y la FES

Finalmente le otorgaron el Premio Pritzker (el Nobel de la arquitectura: USD 100.000) a este gran arquitecto ingles (Manchester 1935) autor del nuevo aeropuerto de Hong Kong, el mas grande del mundo, de 1998, pero también de la pequeña pero maravillosa adición a la Real Academia de Artes, en Londres, de 1991.

En su taller, donde hoy trabajan 500 profesionales (arquitectos, diseñadores, ingenieros, dibujantes, maquetistas y animadores) se han proyectado importantes edificios como la sede de Willis, Faber & Dumas, en Ipswich, de 1974, quizás su primera obra de fama mundial; o, el Centro Sainsbury para las Artes Visuales, en Norwich, de 1978; o, el Banco de Hongkong & Shanghai, de 1985; o, el aeropuerto de Stansted, el tercero de Londres, de 1991; o, el Comerzbank, de Frankfurt, el edificio más alto de Europa, del mismo año; o, la muy conocida torre de telecomunicaciones de Collserola, en Barcelona, de 1992, construida para los Juegos Olímpicos, y pertinente ejemplo que Cali ha debido seguir, en lugar de tugurisar con antenas de todos los colores y tamaños el Cerro de las Tres Cruces. O, la Carré d´Art, de 1993, en Nîmes, un centro cultural al lado del muy antiguo, famoso y conocido templo corintio, dedicado a los hijos del Emperador Augusto en el año 4, es decir, hace casi dos milenios. O, las estaciones del nuevo metro de Bilbao, de 1995; o, la Facultad de Derecho, también del 95, de la Universidad de Cambridge, justo al frente de la famosísima Facultad de Historia, de James Stirling (también Premio Pritzker), de 1964; o, la remodelación del Reichstag, en Berlín, que se concluirá este año, en el que su constante preocupación por "la ecología del edificio" es de nuevo palpable.

Foster, que es el más destacado exponente de la llamada arquitectura high-tech, cree que este es un concepto algo mal interpretado pues los arquitectos, dice, siempre han seguido los avances de la tecnología, y ésta no se puede separar del contenido humanista y espiritual de un edificio: su poética surge de la claridad de su estructura. No todos los arquitectos lo hacen, lamentablemente. Y menos en los países sub desarrollados, en donde son muy dados a seguir modas y copiar todo, incluso las formas, imposibles en ellos, del high-tech. Y ni se diga de la gente común que cree que los nuevos materiales y estructuras solo sirven para cárceles, estaciones de bomberos o naves industriales. Pero también es cierto que reacciones similares produjo el Centro George Pompidou, de Renzo Piano (también Premio Pritzker) y Richard Rogers (ex socio de Foster y muy posible ganador futuro del Pritzker) de 1977, en París. Ciudad en donde artistas, escritores e intelectuales pusieron el grito en el cielo cuando se decidió, después de la Primera Guerra Mundial, que la Torre Eiffel permanecería (fue levantada para la Exposición Universal de 1887-1899, y se previa desmontarla una vez finalizada la exposición) convirtiéndose pronto en el símbolo más reconocido de la capital de Francia.

Todo esto hace pensar en el despropósito de la administración actual de Cali cuando sin más decide poner a la venta su Centro Cultural (la antigua FES, de 1990) pues no solamente es un agravio para la cultura, sino el desconocimiento de que se trata del más destacado símbolo actual de la ciudad. Premio Nacional de Arquitectura, este edificio fue diseñado por el arquitecto Rogelio Salmona, junto con Pedro Mejía, Raúl H. Ortiz y Jaime Velez. Salmona, cuya arquitectura es muy diferente a la de Foster, pero que comparte con él un muy especial manejo de la luz y una autentica preocupación por la ciudad, ha sido candidatizado por el crítico norteamericano Kenneth Frampton para el Premio Pritzker. Una ciudad, que como dice Ortega y Gasset, no es primordialmente un conjunto de casas habitables, sino un lugar de "ayuntamiento civil, un espacio acotado para funciones públicas". Es el escenario de la cultura, y, con el idioma, la obra de arte más grande del hombre; "prohíja el arte y es arte" como anotó Lewis Mumford. El Premio Pritzker, afirma Foster, es un reconocimiento a la importancia de la arquitectura en sí misma. Y, en su caso, en relación con la ciudad.