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22.12.2016 Arquitectos ocultos

Muchas editoriales presentan en su portada más destacado el nombre de su autor que el título de su libro; en los créditos de las películas aparece en primer lugar su director, aunque torpemente las salas de cine en Cali lo omiten en los avisos en la prensa; composiciones y canciones siempre tienen un autor; y en las artes visuales ha llegado a ser tan importante el nombre del artista como su arte. Pero aparte de los edificios más famosos, nunca se sabe quién es el responsable de los muchos otros que conforman poco a poco las calles de las ciudades; nada menos.

Los medios nunca mencionan a los arquitectos de las construcciones de las que supuestamente informan, pero tampoco se hace en los avisos publicitarios, como ya se dijo en esta columna (Anónimos, 01/04/2004), los que suelen ser engañosos (viva en medio de la naturaleza) además de que no dan todos los créditos respectivos. Y desde luego algo sí tendrían que decir las Secretarías de Planeación de las ciudades y la Sociedad Colombiana de Arquitectos, SCA, de los profesionales que no respetan las normas o que destruyen el patrimonio, incumpliendo la ley.

Así las cosas ¿qué hay detrás de la insistencia en repetir que el confeso autor de la violación y asesinato de la niña en Bogotá es un arquitecto? ya no dicen tanto que es de tal universidad, bachiller de tal colegio y socio de tal club, pero no olvidan nunca lo de arquitecto. Que su hermano sea abogado si puede tener relevancia, como se ha venido sabiendo, pero lo de arquitecto nada dice. ¿O sí?, entonces que digan qué conexión podría haber, porque esta vez no se trata del uso ocasional pero tan equivocado de la prensa de decir “el arquitecto de la reforma tal y cual…”.

Anónimo, como lo define el Diccionario de la Lengua Española, DLE, es una persona, especialmente un autor, de nombre desconocido o que se oculta. Lo que por supuesto es lo que no hacen nunca las estrellas internacionales de la arquitectura y los que aquí las imitan, para promocionar su ‘marca’ que es lo que en realidad venden con su arquitectura espectáculo, y no la sostenibilidad de sus proyectos, en todo sentido y no apenas su climatización pasiva, ni su respeto con el contexto urbano en el que otros lo construirán, ni el aporte que le hacen.

Por lo contrario, a muchos otros arquitectos lo que los inhibe de poner una placa con su nombre, es su equivocada idea de que no son obras ‘importantes’, cuando nadie les ha pedido que lo sean y que la gran mayoría de las veces no tienen por que serlo, justamente. Pero por supuesto todos los edificios la deberían tener indicando el año de construcción, la Curaduría Urbana que dio el permiso y los nombres de sus gestores, constructores, interventores y arquitectos, pero estos ni siquiera aparecen en los pequeños avisos provisionales que dan antes de la construcción y que nadie pueda leer con facilidad.

En conclusión, la relación actual entre un Estado ineficiente y corrupto y unos arquitectos que cada vez son más pero cada vez con menos ética y más estética copiada, agravada por una ciudadanía que no lo es tal pues carece de cultura urbana, es muy preocupante para el buen desarrollo de nuestras crecientes ciudades. La presencia de los arquitectos en ellas es cada vez más pero menos apreciada como lo que debería ser: el conjunto de los diseñadores de la ciudad, precisamente lo que recomendaba Jane Jacobs en Muerte y vida de las grandes ciudades, 1961.

Columna publicada en el diario El País de Cali. 22.12.2016

05.08.2010 El cliente

Como lo dijo el gran arquitecto norteamericano del  XIX, Henry Hobson Richardson, el primer principio de la arquitectura (trabajo o deber, hay varias versiones) es conseguir el encargo, en lo que insistió, décadas después, el húngaro Marcel Breuer: “Un pintor hace algo y entonces lo vende; un arquitecto lo vende primero y después lo hace” (Sargent, Profile of Marcel Breuer, c.1971). Los negociantes de propiedad raíz se dicen promotores para disimular, las escuelas de arquitectura se quedan si mucho en los usuarios, y los historiadores del arte los llaman mecenas. Pero poco se habla de los clientes pese a que reúnen en una sola persona (y sus familiares y amigos y asesores ad hoc) al promotor y el usuario, y a que el éxito de un arquitecto es convertirlos en mecenas que utilizaran asiduamente sus servicios.

Las Pirámides no existirían sin el faraón Zoser ni el templo de Hatshepsut sin la Reina. Ni el Partenón sin Pericles ni el Panteón sin Adriano. Ni Santa Sofia sin Justiniano ni Sainte Dennis sin el abate Suger ni San Pedro sin varios Papas. La Alhambra sin los reyes Nazaríes ni El Escorial sin Felipe II ni Versalles sin Luis XIV ni Brasilia sin Juscelino Kubitschek. Ni el centro Pompidou sin Pompidou. Y fueron las Capuchinas Sacramentarias del Sagrado Corazón de Jesús las que permitieron que Luis Barragán realizara su estupenda capilla de Tlalpan en Ciudad de México. Como dice Raúl Ferrera, su colaborador, en su libro sobre la misma, la presencia del cliente en el éxito de una obra arquitectónica es fundamental “para que se realice la belleza y la conjunción natural de todos los materiales que la producen”.

Son muchas las conjunciones de cliente y arquitecto que han dejado hitos de la arquitectura.  Eusebi Güell y Antoni Gaudi. El doctor Dalsace y Pierre Chareau. El padre Couturier, el doctor Curutchet y Pierre y Eugenia Savoie con Le Corbusier. Edith Farnsworth y Ludwing Mies van der Rohe (pese al pleito). Harry Gullichsen y Alvar Aalto. Jonas Salk y Louis Kahn. Frank Lloyd Wrigth y Edgar Kaufmann, quien auspició por insinuación de su hijo esa obra maestra que es la Casa de la cascada. O cuando el arquitecto es su propio cliente como en los Taliesin de Wright, la casa en Muuratsalo de Aalto, la de cristal de Philip Johnson, la de Barragán o la de Óscar Niemeyer o la de Rogelio Salmona, que si que supo cultivar sus clientes, o cuando otros arquitectos son los intermediarios como en algunas de sus obras maestras.

Es imprescindible en los clientes un mínimo de cultura y sobre todo sensibilidad a ambientes, espacios y volúmenes. Que sepan comunicar sus deseos y necesidades, sueños, expectativas y posibilidades, buscando del arquitecto una obra memorable. Como se ha dicho, que digan el “qué” e incluso que insinúen (respetuosamente) soluciones pero que dejen al arquitecto el “cómo”. Deben tener paciencia con él, y confianza en su idoneidad y experiencia. Por eso se dice que no se escoge un proyecto sino un arquitecto. Lo que les llevará a respetar sus ideas que les explicará con textos, dibujos y maquetas o animaciones enseñándoles arquitectura . Sin clientes no hay edificios, y aunque buenos arquitectos siempre hay, sin buenos clientes no hay buena arquitectura ni construir es placentero.

Columna publicada en diario el País 05.08.2010